Vancouver, los opioides y la deformación de una de las mejores ciudades del mundo

Publicado por Andrés Peñaloza el 26 de Abril de 2020

La crisis de salud pública en Vancouver por consumo de opioides ha tenido importantes repercusiones en la dinámica de la ciudad.

¿Qué cosas pensarías que pueden definir la dinámica de una ciudad? Quizás un proyecto de renovación urbana, una política habitacional, o incluso la liberación de impuestos para la construcción en una zona. Pues en el caso de Vancouver, Canadá, uno de los principales elementos que ha definido la dinámica del centro de la ciudad en la última década ha sido la presencia de los opioides y las personas que sufren de adicción a ellos.

Vancouver es una ciudad reconocida mundialmente por sus altos índices de calidad de vida, buen clima (para los estándares canadienses), y el gran componente ecológico de sus políticas. El diseño y conformación de su estructura urbana, así como la distribución de las actividades sobre su territorio hacen que se sienta como una ciudad muy compacta, con un centro claramente definido por sus grandes edificios con fachadas de vidrio y dinámica urbana propia. Sin embargo, poco se habla internacionalmente sobre lo que sucede al Este de dicha zona. 

¿Qué pasa en Vancouver?

Desde hace varios años, las principales ciudades del llamado Pacífico Noroeste de Norteamérica, a saber, Seattle, Portland y Vancouver han presenciado un alarmante incremento en el uso de opioides legales e ilegales, creando una epidemia de addición a dichas drogas que, sumada a los todavía existentes rastros de la crisis económica del 2008 y a los altos costos de la vivienda, han terminado de dar forma a un círculo vicioso de indigencia sin precedentes.

En el caso de Vancouver, la ciudad fue declarada en estado de emergencia de salud el 14 de abril de 2016 debido al alto número de casos de sobredosis por opioides. Desde entonces, el gobierno de la ciudad ha implementado varios planes, junto a otras organizaciones, para brindar asistencia a estas personas adictas, pero no sin evitar controversias. El Plan de inyecciones seguras e intercambio de agujas es uno de los proyectos más polémicos de la región. En pocas palabras, el plan ofrece acceso controlado (pero acceso al fin) a hasta 5 dosis de heroína o hidromorfona en un lugar seguro e higiénico a fin de reducir el riesgo de sobredosis y transferencia de enfermedades. Además ataca directamente al mercado negro de estas drogas ya que se ofrecen a un costo mucho más bajo. 

Y ¿esto cómo afecta a la ciudad?

Todos los lugares donde se ofrece este servicio se encuentran ubicados en la misma zona: al Este del centro de la ciudad. 

El área donde se concentran la mayor parte de los atendidos por este programa, que en su mayoría se encuentran en estado de indigencia, coincide en cierta medida con Gastown, una de las zonas con mayor atractivo turístico de toda la ciudad. En ésta se pueden ver algunos de los edificios más emblemáticos de la época industrial de Vancouver, con una mayor influencia europea, y en donde se presentan algunos de los hitos más populares de la ciudad como el famoso Steam Clock (Reloj de vapor).

A través de Google Maps podemos navegar los alrededores del Parque Oppenheimer en el que acampa una gran cantidad de personas en situación de calle. También se pueden ver personas haciendo colas para acceder a los servicios mencionados.

Conforme esta crisis ha empeorado, más y más personas adictas a los opioides y en estado de indigencia se han ido apropiando de los alrededores de esta zona, convirtiéndola poco a poco en un antro en el que ilegalmente se comercializa, distribuye, y administran drogas en la vía pública. 

Para los vancouverinos, Gastown y sus alrededores se han convertido en una zona a evitar en la medida de lo posible. Para los dueños de tiendas y cafés, cada vez es más complicado prosperar en un entorno tan desfavorable. Para los turistas que llegan a esta zona (y los inmigrantes -como en mi caso-) no es sólo un obstáculo o un elemento que evitar dentro de la ciudad. Es un gran shock.

Quienes recién llegamos a Vancouver, ya sea de turismo o a buscar una nueva vida, probablemente nunca imaginamos caminar por el lujoso centro de la ciudad, lleno de torres de cristal y autos de lujo y en cuestión de cuadras, conseguirnos personas desmayadas en aceras repletas de excremento humano, o grupos de personas inyectándose heroína justo en frente del café donde ibas a reunirte a merendar. Luego de enfrentarse a estas imágenes por primera vez, son pocas las ganas de volver a caminar por esta zona. Así comienza un ciclo vicioso muy complejo en el que la apropiación del espacio por estos individuos deteriora la calidad del espacio urbano rápidamente, y su condición de adicción perjudica la alta sensación de seguridad presente en el resto de la ciudad. Ello trae consigo que menos personas circulen por esta zona, que a su vez hace que cada vez sea menos el interés en recuperarla.

Desde antes del 2010 la calle Hastings concentra una gran cantidad de personas en situación de calle.

Foto: Clent Mann.

El gran reto de Vancouver

Para el gobierno de Vancouver, el gran reto no será limpiar las calles, o incluso mejorar la seguridad en el área para que las personas se sientan más seguras. Con una buena gestión del presupuesto se puede lograr. El gran reto no será ayudar a las tiendas y demás negocios con cuentas en rojo debido a la falta de clientes. Para eso hay incentivos fiscales.

El gran reto al que se enfrenta el gobierno de Vancouver es comprender las razones por las que esta situación se originó en primer lugar. Y no hablo sobre la existencia de una epidemia de opioides, sobre la cual un gobierno local tiene poco que hacer al respecto. Hablo del reto de comprender cómo todas las políticas que implementa el gobierno de la ciudad tienen un impacto visible en el corto o largo plazo sobre las dinámicas y nuestra percepción de la misma.

En el caso de Vancouver, una política asistencial con la cual se buscaba reducir los índices de transmisión de enfermedades y de fatalidades por sobredosis, resultó en algo parecido a un quiste urbano que ya va tomando forma de tumor muy cerca del corazón de la ciudad, por no pensar en las consecuencias espaciales que vendrían con su implementación. Vancouver se enfrenta ahora a la necesidad de recuperar una de las zonas más importantes de la ciudad para todos sus habitantes, sin dejar de prestar asistencia a quienes la están recibiendo hoy en día. Esperemos que esta vez sí consideren las consecuencias urbanas que pueda tener esta nueva solución.

Foto de portada: The Scout Vancouver.