No podría describir un momento específico que haya marcado mi camino hacia los huertos. Ha sido más una necesidad del alma por explorar el tema. Desde hace más de ocho años, cuando me involucré de lleno en la gestión de proyectos de desarrollo social y de espacios públicos en barrios de Caracas, recuerdo que ya existía interés por considerar los elementos naturales, la vegetación y los huertos, específicamente, como un recurso que podría brindar abundantes retribuciones y satisfacciones comunitarias. Una de ellas: proveer alimentos para aliviar la inseguridad alimentaria que enfrentaban las familias en las comunidades más vulnerables.
Desde la perspectiva del desarrollo social, los huertos también funcionan como medio de interacción humana, a través de la estimulación de los sentidos, la curiosidad y la capacidad de asombro ante el diverso mundo que hay en la naturaleza; llenos de simplicidad, lentitud y belleza, en gestos como ver un botón florecer o tomar con tus manos un fruto que hiciste crecer. Creo que es indiscutible el carácter colaborativo y social que se da en un huerto, gracias a la diversidad de tareas que conlleva: carpintería, manualidades, organización, fuerza física y agricultura.
A nivel económico, el huerto genera economías colaborativas; indistintamente del tipo de huerto, hay al menos un cultivo durante el año que da cosechas abundantes y que te dispone a la repartición, porque si no, literalmente se pierde y se pudre debido a que no das abasto para consumirlo todo, así que lo que te queda es el acto de repartir—y lo haces con orgullo porque sabes el esfuerzo que te tomó cultivarlo.
Pero, si tiene todos estos beneficios ¿por qué no estamos haciendo huertos? ¿Por qué los fondos que subsidian proyectos urbanos no incluyen la agricultura urbana en su agenda? ¿Por qué se siente tan lejano el poder tener un huerto?

Foto: Arantxa Martín Blanco.
En la búsqueda de respuestas, diseñé en 2021 el proyecto Estar Vivo, con el propósito de sensibilizar, enseñar e implementar proyectos de huertos urbanos en Caracas. Estar Vivo nació de la necesidad de experimentar cómo sería gestionar un huerto, empezando por el entorno más inmediato: mi casa.
Empecé con una etapa de formación en conocimientos técnicos que amplió mi experiencia en los huertos. Realicé un programa de agricultura ecológica con Paula Rosales, una chilena establecida en Brasil, que aplica el enfoque de la Agricultura Sintrópica y de los Bosques de Alimentos, de autores como Ernst Gotche y Robert Hart, que se basan en prestar atención a la nutrición profunda del suelo como organismo vivo, la biodiversidad como una manera de cultivar, y dejar que la naturaleza siga su curso, sin utilizar agrotóxicos ni fertilizantes nocivos para la salud y el medio ambiente.
Esta etapa formativa marcó un antes y un después, no solo por los conocimientos técnicos adquiridos, sino también porque, a través de mi sensibilidad como facilitadora grupal y de mi pasión por dar talleres, pude entender lo importantes que son las formas y estilos de aprendizaje a la hora de enseñar sobre este tema, que muchas veces se siente ajeno al curioso que simplemente quiere tener una tomatera con éxito en su balcón.
Un huerto en casa, un huerto en la comunidad
Cuando empecé a construir el huerto, vivía con mi roommate, Eva, en una casa con jardín. Ella, muy ajena a las actividades con las plantas, un día me vio entrando a casa con láminas de madera, que fui barnizando poco a poco y que debía unir con clavos para formar el rectángulo que le daría forma a la cama de cultivo. Fue gracias a su interés por el trabajo con la madera que se acercó, un poco alienada, para ayudarme. Y que al ver luego el resultado materializado en el jardín, empezó a involucrarse con él. Preguntaba por el proceso de crecimiento de los cultivos, el porqué de las cosas, y cuando yo me ausentaba unos días, se ocupaba con disposición para garantizar el riego.
En el 2023, al culminar la etapa formativa y de instalación del huerto en casa, Estar Vivo estaba listo para lanzar su primer servicio educativo: el taller “Huerto desde Cero”, que formó a más de 80 participantes durante un año y fue creado para personas sin o con poco conocimiento sobre huertos urbanos. El taller brindaba una experiencia práctica, cercana y con herramientas como el Manual de bolsillo Huerto desde Cero, para que cada participante saliera de esta experiencia con el diseño y la planificación de su propio huerto.
Para el 2024, colaboramos en la realización de un taller junto a La Casa de Todos, una organización comunitaria que realiza actividades educativas y culturales, cuyo espacio cuenta con un huerto que es mantenido por William Díaz, uno de los encargados de este lugar.

Foto: Arantxa Martín Blanco.
Realizar un taller de Huerto desde Cero en un espacio abierto y con un huerto propio generaba, de por sí, el entorno perfecto para inspirar a cualquier participante. La audiencia, por otro lado, fue un aspecto revelador de mis inquietudes, por la diversidad de experiencias y antecedentes que traía cada uno: mujeres líderes encargadas de comedores comunitarios en sectores populares, arquitectos, paisajistas, artistas plásticos, psicólogos, cocineros y emprendedores del área, amas de casa, jóvenes y niños.
La implementación de los talleres Huerto Desde Cero fue la primera respuesta que obtuve a mis preguntas iniciales, en las que se materializó el sentimiento de comunidad alrededor de la creación y multiplicación de estos pequeños edenes alimenticios en diferentes áreas y sectores de la ciudad.
Aprendiendo sobre los modelos de agricultura urbana
Durante la implementación de mi huerto en casa, apliqué conocimientos de la agricultura biodinámica a la agricultura sintrópica, prestando atención a los ciclos lunares para identificar el día más conveniente para plantar, a la vez que preparaba una cama de cultivo con un abono de huesos de sardina que me donó el dueño de un bar en Chacao (Caracas) para aportar el calcio necesario al suelo, lo que haría crecer cultivos de tomate sanos y abundantes.
El 70% del esfuerzo en el huerto lo dediqué a tener un buen suelo: con suficientes nutrientes, buena capacidad de absorción de agua y adecuado drenaje. Aproveché una jardinera que ya teníamos en casa, que se convirtió en la compostera. Reducimos en un 50% los desechos que se generaban en el hogar; todos nuestros residuos orgánicos se colocaban allí y, de vuelta, obtenía el sustrato con el que abonaba el suelo del huerto. Abono con el que, dos años más tarde, gracias a una amiga que realizó un análisis de suelo del huerto, se evidenció que existían niveles beneficiosos de oxigenación y de diversidad de minerales y de material orgánico en el suelo de las camas de cultivo, en comparación con el suelo no intervenido del huerto.
En mi exploración de diversos tipos de agricultura para implementar en un huerto de escala urbana, resaltaría la agricultura orgánica, la agricultura natural y los bosques de alimentos por las siguientes razones:
- Son amigables con la naturaleza por su filosofía de no uso de agrotóxicos y, por el contrario, promueven la práctica de nutrir el suelo constantemente con los recursos disponibles. Rechazando, de cierta forma, el monopolio y el marketing en torno a la agricultura orgánica, que nos ha hecho creer que la única vía para ser libre de tóxicos es a costa del consumo de productos que incrementan los costos de producción y mantenimiento. Mercado que se ha apropiado del término “orgánico” para vender más.
- Son intuitivos y fáciles de comprender. Los términos como asociaciones de cultivos y diversidad, al planificar el huerto, se integran fácilmente en la práctica porque son más evidentes de lo que parece. Por ejemplo, la táctica de sembrar por asociación pensando en que aquello que combina en el plato de comida también lo hará en la siembra, como ocurre al sembrar una planta de tomate junto con una de albahaca.
- Consideran el contexto a diferentes escalas en donde se lleva a cabo el huerto, no solamente su aplicabilidad, ya sea que el huerto sea directamente en tierra o en macetas, sino también factores como el clima, el cambio de las estaciones y el aprovechamiento de las plantas nativas.

Foto: George Dagerotip, Unsplash.
La agricultura natural agrupa metodologías que se basan en reproducir las condiciones naturales tan fielmente como sea posible. Estas metodologías fueron desarrolladas por el filósofo, biólogo y agricultor Masanobu Fukuoka, quien plasmó en su obra La revolución de una brizna de paja muchos de los principios y perspectivas acerca de cómo hacer la menor intervención posible a naturaleza para dejar que siga su curso.
- Promueve la filosofía de “no hacer”: no arar la tierra, no podar, no sacar la maleza.
- Acción desde la contemplación y la observación.
- No dependencia de productos químicos.
La agricultura orgánica, también llamada ecológica, es un sistema integral de producción basado en prácticas de manejo ecológico, cuyo objetivo principal es alcanzar un rendimiento sostenido mediante la conservación y/o recuperación de los recursos naturales.
- Se adaptan al entorno local.
- Promueven la soberanía alimentaria: las personas cultivan lo que comen.
- Favorecen la diversidad de plantas, el uso de compost, la no dependencia de insumos externos.
Los bosques de alimentos son un tipo de agricultura retomada con fuerza desde los años 80 por Ernst Götsch, un agricultor y científico suizo-brasileño, quien observaba cómo los ecosistemas se regeneraban al implementar las técnicas ancestrales de agricultura de comunidades indígenas para producir bosques comestibles. Se basa en principios que pueden ser perfectamente aplicados tanto a escalas limitadas, como a un huerto en macetas en un balcón de un apartamento, como a nivel industrial.
- No usa fertilizantes químicos ni pesticidas.
- Trabaja con asociaciones de especies y de mezclas de estratos (altura de las plantas a nivel superficial y en el subsuelo): mezclas de árboles, cultivos y plantas nativas.
- En lugar de controlar la naturaleza, se coopera con ella: se cultiva en capas, se poda estratégicamente y se observa cómo cada planta nutre a las demás.
- Prioriza la regeneración del suelo y la biodiversidad.
Aunque los tres modelos tienen principios en común, el más transversal es que rompen con el esquema convencional de la agricultura industrial, que destruye progresivamente la salud del suelo mediante la dependencia de fertilizantes químicos y el monocultivo como forma de producción, y contamina los recursos hídricos, lo que contribuye a la aceleración del calentamiento global.

Foto: Arantxa Martín Blanco.
Derrumbando las barreras mentales
El año pasado, a partir de mi colaboración en Bosque Cultiva, un proyecto en España que ofrece servicios de asesoramiento, educación e instalación de bosques de alimentos, realizamos una visita a un restaurante a las afueras de Madrid, llamado “El Huerto”, con un concepto estético que incluía árboles y plantas nativas como cerco natural, pero sin un proyecto de huerto desarrollado en el lugar. Allí, volví a sentir la sensación de haber conectado con personas a través de un proyecto de huerto, viendo el asombro de unos cocineros a quienes entregamos la muestra de huerto en un cajón de madera, deleitados de ver ese espacio lleno de flores comestibles, albahaca, tomates, tomillo, lechugas, pepino; un pequeño edén que no ocupaba lo que ocuparía una mesa con cuatro comensales, pero con un gran impacto en la calidad del espacio, generando expresiones de “¿Cómo es posible que se puede tener todo esto en este espacio tan pequeño?
La barrera por la que estos tipos de agricultura resultan tan ajenos a alguien que simplemente vive en la ciudad y está interesado en incorporar una planta comestible a su jardín y dar el paso a tener su propio huerto tiene que ver con un tema de acceso y con el enfoque educativo que hay en el mercado, quizá muy cargado de tecnicismo y largas duraciones poco prácticas para alguien que vive en la acelerada cotidianidad de la ciudad.
Recientemente conocí un huerto de barrio en el nuevo barrio donde vivo (Alto de Extremadura, en Madrid). “Nunca estamos”, —y se ríe— uno de los miembros del Huerto Solar Comunitario de Alto de Extremadura. “No te preocupes, nunca estamos, a excepción de cada domingo a partir de las 12 del mediodía. Tú vente, nos conoces y pruebas. Al finalizar la jornada, si hay cosechas, las repartimos entre todos”.
El huerto está ubicado en Casa de Campo, el parque público más grande de la ciudad, al oeste del centro de Madrid y a ocho minutos a pie del metro más cercano. No es de gran extensión; tendrá unas cinco camas de cultivo, pero el huerto es lo suficientemente modesto y atractivo como para interrumpir la planicie de la grama y transmitir “Aquí está creciendo/pasando algo”.
El huerto como proyecto
Otro punto en el que coinciden los modelos que he visto es que un huerto sostenible en el tiempo es un huerto que ha pasado por una planificación, por un espacio creativo para imaginar, pensar, vaciar lo que está en la mente en el papel y luego en la realidad. No importa la escala o el tamaño: pasar por el proceso de planificación te da el poder de tener dirección y proyección a futuro de ese espacio en el que quieres ver crecer y florecer algo; ya no dependerás solo de si tus manos han nacido o no con el don de los dedos verdes, porque ahora manejas información que en la práctica podrás ir adaptando y rectificando en el tiempo.
Planificar un huerto genera la sensación de estar más cerca de lo que anhelabas como jardín, porque has considerado una serie de elementos que, ahora consciente de ellos, utilizarás y que jugarán a tu favor. Cosas sencillas, como la orientación de tu balcón y cuántas horas de luz solar recibe, cuáles son las plantas locales que se dan con facilidad, o cómo aprovechar un espacio pequeño, como una maceta de 30×20 cm, para implementar la asociación de cultivo y obtener más cosecha en el mismo espacio.

Foto: Arantxa Martín Blanco.
Para los planificadores urbanos, los huertos son una herramienta de regeneración social frente al aislamiento y la falta de interacción comunitaria. Es innegable que la ciudad puede ser, en muchos casos, un generador de estrés en un contexto social con escasa capacidad para gestionarlo. Para aquellos profesionales apasionados o tomadores de decisiones sobre la ciudad o su barrio, si queremos ciudades más vivas, con mayores vínculos afectivos, mayor diversidad e inclusión, los huertos urbanos y comunitarios son un excelente medio para lograrlo. Desde los incentivos para reducir la huella de carbono y el impacto de las islas de calor, el acceso a la experimentación con alimentos frescos libres de químicos, hasta el aumento de la conciencia ambiental en la sociedad.
El huerto te da una profunda noción del valor del alimento en función del esfuerzo que requiere su producción. Adquieres una mayor conciencia de su valor real (no solo el económico) y una mayor empatía hacia el trabajo de los agricultores. A quienes se agobian y asustan con la idea de tener un huerto porque no han tenido uno antes o porque creen que necesitan obtener un montón de conocimientos, sepan que sólo se requiere estar conscientes de la cantidad y calidad de tiempo que quieren dedicarle, confiar en su capacidad de observación y construir su propio “porqué”. Lo demás, las creencias de “no tengo buena mano”, “a mí no se me da”, son puras limitaciones de la mente que le cuesta tolerar la frustración y que, por experiencia propia, despeja el huerto, fortaleciendo el músculo de la persistencia. Después de todo, hay un componente indiscutible en el que creo que coincidirían muchas personas que se dedican a cultivar: por más planificados que seamos con nuestro huerto, no todo está absolutamente bajo nuestro control.
Foto de portada: Arantxa Martín Blanco.
